Parece que los menores inmigrantes son el principal problema que hay hoy

Nacida en Larache (Marruecos), se licenció en Medicina y Cirugía por la Universidad de Valencia. Durante su larga trayectoria ha mostrado un interés especial por las familias migrantes. Preside la Asociación Marroquí para la Investigación y el tratamiento de la familia y otros sistemas humanos. Ayer participó en el «I Encuentro interprofesional sobre menores extranjeros no acompañados», organizado por SOS Racismo. Maider EIZMENDI | Considera que los menores inmigrantes se han convertido en «el chivo expiatorio de lo que no va» y, en su opinión, «ellos son el síntoma de una cohesión social que actualmente está en crisis». En este sentido, incide en que es importante conocer quiénes son y producto de qué son. La invisibilidad a la que se les somete es, a su entender, la raíz de muchos de los «problemas sicopatológicos» que sufren estos menores después de emigrar. Usted trabaja en Marruecos y conoce de primera mano a estos jóvenes y las razones que les impulsan a emigrar, ¿cuáles son? En el fondo, debemos saber quién son y producto de qué son. El exilio y la violencia los sufren en los países de procedencia. Hay que tener en cuenta que se les priva precozmente del derecho universal de desplazamiento que tiene el niño europeo. Ellos no entienden por qué no pueden soñar con coger la mochila e irse a París. Asimismo, están privados también del derecho de tener una familia en condiciones que les pueda hacer el acompañamiento necesario en esta fase y no hay que olvidar que son refugiados eco- lógicos; en el contexto mundial se les destrozan sus bienes naturales. Todo esto produce un efecto salida. Hay proyectos para instalar centros en Marruecos para que se queden allí, pero ello les crea un efecto para- dójico. Recuerdo cómo una vez un niño me dijo: `Los europeos siempre están mandando; mandan allí y mandan aquí y nosotros somos siempre una mierda, aquí y allí’. ¿Qué le respondes a esta persona? ¿Y qué se encuentran aquí? Cuando llegan, chocan con la invisibilidad a la que se les somete, que es, en mi opinión, lo que más daño hace a la salud mental de los jóvenes. Se convierten en MENA (Menores No Acompañados). El ser considerado como invisible y no como persona provoca en él un sentimiento de desarraigo y de mucha tristeza. Es cierto que hay menores que tendrían problemas sicopatológicos aquí y allí, pero en los menores en ausencia de referente adulto -utiliza esta expresión en vez del de menores no acompañados- la mayoría de los problemas tienen que ver más con el contexto de la exclusión de la invisibilidad que con otra cosa. Se habla mucho de los menores inmigrantes, pero menos de las soluciones concretas. ¿Cómo se puede afrontar la situación actual? Son menores y como menores tienen unos derechos universales, pero, a su vez, son inmigrantes y eso les limita; se les trata en base a esta doble paradoja. En mi opinión, cualquier tratamiento o ayuda que no incida sobre los adultos que tienen el poder no tendrán éxito. Las administraciones tienen que cambiar las gafas con las que ven a estos niños, hacer justicia en la medida en la que deben recuperar la visibilidad como personas en contexto de riesgo social y no como MENA. Además, tienen que liberarse de esta doble paradoja que citaba. Entiendo que no comparte la forma de actuar de las administraciones. Los poderes políticos de ambos países tienen que reflexionar porque se trata de menores. Son estigmatizados por ser inmigrantes y criminalizados, pero ellos son el síntoma de una cohesión social que actualmente está en crisis. Estamos fardando de valores sociales universales, de los derechos de los menores… y, al mismo tiempo, tenemos todo un grupo de personas con las que no se sabe qué hacer; precisamente, porque ellos ponen en cuestión todo el sistema. Se han convertido en el chivo expiatorio de lo que no funciona. En Europa cada vez hay más excluidos y nuevas formas de exclusión social y, sin embargo, se ha formado una opinión pública homogeneizada de que los menores son el problema principal. Es una manera de mantener la estabilidad interior; si no tuviésemos a los menores, no sé lo que haríamos. Sin embargo, no nos ponemos a pensar en los puestos de trabajo que se han creado para la gente de aquí y en los beneficios que aportan a su país de procedencia. Sin embargo, los ciudadanos ven sobre todo cómo algunos de estos jóvenes tienen conductas delictivas. La inmigración en sí determina y provoca trastornos en las personas por su dureza y, sobre todo, por el rechazo. Y eso hay que tenerlo en cuenta. Además, no se han desarrollado programas de sensibilización para la sociedad receptora. No han tenido ningún protagonismo de base y, por ello, los ciudadanos no están implicados. En este sentido, hay que indicar que hay experiencias que son fabulosas y que han hecho que la emigración sea un proceso de promoción para el que recibe y el que viene, que han creado relaciones muy buenas. Pero, desgraciadamente, estas historias no se conocen porque los medios no se hacen eco de ellas.

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